Viernes, 20 de Octubre de 2017
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05.10 | Nac. e Int. Eliminatorias Rusia 2018

Los de afuera son de palo

Debía oler a domingo, oler a chori de dudosa procedencia, a la axila rompiente del cocacolero que se abre paso en la tribuna; debía oler a la pólvora del cohete, aunque para oler así hubiese que incursionar en el campo rentado del aliento.

Había que garantizar las propiedades intimidantes de la Bombonera, que ruge y vibra y tiembla y late según la espesura de su gente; había que neutralizar la frialdad televisiva del partido para toda la familia, lo que el ambiente llama "el público de Selección", la colonización de la ola en las tribunas, la coreografía del Baila como el Papu.

Había que anticiparse o directamente erradicar la posibilidad de que el equipo no respondiera o tuviera la excusa de no dar respuestas a causa del silencio, ahogar con el fuego del ambiente el eventual murmullo del empate que no cede; había que ir ganando 1 a 0 antes del comienzo del partido.

Cuando la Selección salió al campo de juego, la espera matizada con Los Redondos o Los Piojos o la Voz del Estadio anunciando los pasos del equipo, "salió de la concentración", "llegó al estadio", esas cosas; con la liturgia del trapo ("El templo del fútbol mundial te alienta, el más sintético); con el duelo incipiente frente al grupo más que numeroso de peruanos allá arriba; la Bombonera era la caldera prometida.

La 12 (su sello en las banderas, en la ovación al Pipa Benedetto, en "ya lo veo/ ya lo veo/ esta noche/ alientan los bosteros", en "el que no salta/ se fue a la B" incentivados por la camiseta y los colores de los de enfrente y seguidos por la mayoría de los hinchas), la gente en general, con un despliegue alucinante de cotillón albiceleste y pirotecnia y carteles y globos y garganta, había cumplido hasta allí con su parte del contrato.

Fuente: Telam