Miércoles, 16 de Octubre de 2019
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03.08 Agustín Vernice

Acá empezó todo


El kiosco del canotaje convocó a un grupo de madres y padres detrás de la pasión de sus hijos. No sabían que estaban siendo testigos de la gestación del mejor deportista olavarriense de la historia.

Daniel Lovano / [email protected]

Terminar este capítulo de la historia por el principio no es una paradoja, sino un acto de justicia.

En la Argentina los fenómenos del deporte no surgen como resultante de una política estatal, casi no hay conexión de la escuela en el desarrollo del deporte como en otros países.

Nacen de las entrañas de los clubes, de sus decisiones, de sus instalaciones, de sus dirigentes y de los padres que acuden detrás de los sueños de sus hijos.

Las medallas doradas de Agustín Vernice en la Albúfera de Medio Mundo comenzaron a cristalizarse en Estudiantes, a un costado del arroyo Tapalqué, en el galpón contiguo a la vieja usina, en el kiosquito que atendían las mamás y el fogón que manejaban los papás.

El "Turco" (amigo, compinche, confidente, cocinero, papá postizo y, a veces, estricto celador de los pibes), ubicó el comienzo de la escuelita de canotaje que gestó al mejor deportista olavarriense de la historia no en una fecha, sino en un hecho significativo para la historia del club.

"Yo trabajaba en el básquet profesional. Cuando el club decidió vender la plaza a mí me dieron a elegir entre dos posibilidades y opté por canotaje. No había cruzado jamás del otro lado del charco, no distinguía un bote de una canoa, pensaba que las palas sólo servían para hacer quintas (risas). Nunca había salido del Maxi, y cruzar el arroyo para mí era como ir a Uruguay" contó.

El canotaje de Estudiantes estaba en una transición. Gabriel Chillón, que tenía contacto con el rugby, fue a buscar a Santiago Cassey para que se hiciera cargo de la enseñanza.

Ese verano el Club de Niños hacía participar a todas las disciplinas, y del rugby apareció en el agua un pibe que jamás se había subido a una canoa.

El "Turco" Cura y su esposa Julia Schwindt son los papás de Camila; Rosmari Shinkoli la mamá de Cinthia; Victoria Iturbe la mamá de Malena; Graciela Mendoza la mamá de Gianluca y Suray Bonnat la mamá de Gonzalo.

Doce o trece años después, todos compañeros, algunos amigos, otros casi hermanos de Agustín Vernice, que fueron descubriendo cómo aquel pibe obstinado, cabeza dura, derivó en campeón del mundo y bicampeón Panamericano.

Nadie viajó tanto al lado de Agustín como Rosmari... "Siempre tuvo la cabeza para ser el mejor que podía ser. Esto era su pasión, era feliz adentro del agua" recordó.

"En invierno, cuando los chicos entrenaban con tanto frío, el 'Turco' los esperaba al lado del agua con chocolate y alfajores, porque este es un deporte muy sacrificado" subrayó Victoria.

Después dio un dato que describe a Agustín: "A los 14, 15 años todos empezaban a salir; Agustín jamás salía porque tenía muy claro que quería esto". Y nada cambió: "El año pasado fuimos a una fiesta a Buenos Aires donde él estaba invitado, paramos en su casa, y Agustín no quiso ir. Nosotros llegamos a las 7 de la mañana, él nos abrió la puerta y se fue a entrenar".

"Llegaba al club, saludaba, y mientras los chicos estaban hinchando al lado del agua, Agus estaba arriba del bote; para cuando él volvía los demás recién estaban empezando. El hacía todo, no había que retarlo ni pedirle nada: acomodaba las cosas, limpiaba, dejaba ordenado. Después sí, se tomaba unos mates, charlaba y jodía con el resto" recordó Julia.

El pasaje de los botes más estables del 4.30 al K1 empezó a revelar su carácter. "Para los chicos era como subirse a un flan arriba del agua. Se caía tres cuatro veces por día al agua en pleno invierno, se daba vuelta y seguía. Los otros pibes se metían en el galpón muertos de frío y no querían saber más nada" apuntó el "Turco".

"Los chicos le decían 'Agus, dejate de joder, nunca vas a llegar a nada con el canotaje, vamos a los cumpleaños de 15'. El tenía muy claro que iba a ser esto" subrayó.

Mirando cuando mostraba las dos medallas doradas a la tele todo el continente, Victoria pedía que muestre sus manos. "Agus tiene dos callos impresionantes a la altura de los dedos pulgares. Ahí donde calza la pala, él tiene quebracho, y eso lo provocan horas, y horas, y horas de entrenamiento" describió.

A las 8 de la mañana, con cualquier condición climática, los sueños de Agustín y Gianluca ya estaban remando en el arroyo.

"Antes de sus gustos gastronómicos, a mí me gustaría destacar la importancia que tuvo Pablo Hoffmann en el desarrollo de los chicos. El marcó su doctrina. Pablo fue un ejemplo; lo respetaban no sólo cuando entrenaban, sino sus consejos de cuidado con el cuerpo, la salud. Tenía esa distancia como profesor, pero a la vez se juntaba con ellos, compartía los asados, largas charlas" destacó Graciela, que también fue su profesora en el secundario.

Conocedora de las preferencias de Agustín en la mesa, contó que mientras se formaba como crack aceptaba los frascos de mermelada de ciruela casera sólo si estaba hecha con azúcar negra; que devoraba sus mix energéticos bañados en chocolate y -cuando tenía algún permitido- no había tartas, ni lemon pie que se le resistieran.

"Es goloso, pero es tan profesional que sabe en qué momento puede comer cada cosa" señaló el "Turco".

Rosmari recuperó esos viajes cuando aún no había cambiado el blanco y negro por el celeste y blanco en su camiseta.

"No nos quedamos sin conocer un solo frío, ni un solo viento" bromeó.

"Una vez, en Escobar, debimos prender troncos porque hacía tanto frío que no se podía estar. No éramos una elite de hoteles, sino un elite de carpas (risas), al lado del agua. En Luján se inundaron varias carpas; en El Dique de Tandil siempre nos tocaba con lluvia" graficó.

Dormirse más tarde que los chicos (o a veces no dormir) para constatar que todo estuviera en orden; levantarse bien temprano y tener todo listo para el desayuno antes de la competencia formaba parte de la rutina de papás y mamás en los campings.

Victoria recordó que Malena, demasiado gritona, en uno de los tantos viajes se puso muy pesada. Entre Agustín y el "Turco" solucionaron el tema tapándole la boca y atándola con cinta de embalar a una silla.

No le gustó nada, pero al "celador" no se le dice nada y a un gran amigo se le perdona todo.

Rosmari siempre viajaba en auto con su marido y hacía que nada faltara. "Teníamos todo contado, y si por ahí nos fallaba algún cálculo enseguida decía 'no importa, yo tengo la tarjeta', y salíamos para el súper más cercano" recordó Julia.

Claudia, la mamá de Agustín (que se excusó de participar del "meeting"), también participaba de esta pequeña sociedad, y en los viajes ponía su auto a disposición de todos los chicos.

"El grupo estaba buenísimo, nosotros la pasábamos mejor que ellos" confesó Victoria.

Dos mamás, Adriana (mamá de Joaquín Asiaín) y Laura (la mamá de Brenda Medina) ya no están, y no alcanzaron a ver hasta dónde llegó el niño que un día cambió el rugby por el canotaje, pero estuvieron presentes en el recuerdo de las otras mamás de ese trabajo que no tenía descanso en los Provinciales.

"Una de las cosas que más destaco es cómo se preocupaban todas para que estuvieran bien atendidos y no les faltara nada cuando les hacían las tallarinadas a más de 250 chicos y entrenadores en los provinciales y nacionales, porque en los otros clubes los atendían de la misma manera" ponderó Graciela.

Ninguna actividad en ningún club se hace sin recursos, y el kiosco que reunió a las mamás (y los papás) en un mismo objetivo era una fuente de ingresos importante, sobre todo en esos provinciales o nacionales.

"Empezamos con limpiarlo y pintarlo, porque estaba medio abandonado" aclaró Victoria. Desde varias casas fueron llegando elementos: cocinas, garrafas, freidores, ollas, sartenes, asadores, parrilas.

También cajas de hamburguesas, baldes con ensaladas de frutas, tartas, golosinas. "Era tratar de sacar lo máximo posible con el menor costo, que nos quedara un mango y tirar todo el año, porque había que pagar las combis, el carro de los botes para los viajes" contó Rosmari.

"No sabíamos qué más hacer para juntar plata y organizamos pizzeadas nocturnas en la sección. Estaba (Ricardo) Hoffmann de presidente y nos dio permiso. Fueron dos o tres, vendimos un montón. En una hicimos una fiesta de espuma y terminó con todos -grandes y chicos- a los baldazos, hechos sopa a las tres de la mañana" Victoria.

"Del otro lado del arroyo la pregunta era 'qué pasa en canotaje que hay tanto lío'. Lo disfrutábamos mucho" celebró Victoria.

A esta historia se le podrá cambiar el género (la disciplina), el actor principal (el crack), los actores secundarios (obvio), la escenografía, el paisaje, la banda sonora.

Antes de los grandes logros y de los grandes titulares, todos los fenómenos del deporte argentino empezaron así.