Miércoles, 23 de Septiembre de 2020

25.05 | Nac. e Int. 

Una noche para dejar en la memoria

Es difícil creer que ya hayan pasado veinte años. Tan inverosímil como pensar que, finalmente, los pronósticos más afiebrados podían llegar a cumplirse.

Francisco Ferrari

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Y que aquel Estudiantes que enamoró a la ciudad y sorprendió a todo el ambiente podría con el Atenas multicampeón, imbatible, de Milanesio, Campana, Osborne, Prickett y Osella.  

Me tocó, como periodista, cubrir para el Diario aquella campaña de principio a fin. Desde el partido inaugural jugado en Corrientes, donde Estudiantes venció a Atenas, en lo que sería un aviso del final soñado, al séptimo y último partido de la serie decisiva, en la noche inolvidable del 25 de mayo de 2000.

"No pongas Estudiantes en los títulos, poné Olavarría, que esto tiene que ser para toda la ciudad", me dijo y repitió varias veces a lo largo de esa temporada Daniel Trapani, que me llamaba muy seguido para reclamarme mayor espacio en la edición del día siguiente. Fue, por lejos, el tipo más convencido de que lo imposible era posible. Nunca supe si realmente lo estaba, pero era lo que transmitía. No te dejaba espacio a la duda, contagiaba.

Después de un par de temporadas en las que el club hizo pie como pudo en la Liga Nacional, la decisión de contratar al joven Sergio Santos Hernández y traerlo desde Regatas de San Nicolás para hacerlo cargo de la dirección técnica del plantel fue un acierto que el paso del tiempo no hace más que resaltar.

Oveja preparó el terreno en su primer torneo, en el que fue octavo, y sentó la estructura del plantel campeón de la 99/00. Un Lobito pensante, casi como un entrenador anticipado adentro de la cancha. Un Daniel Farabello que volaba y robaba todo lo que le pasaba alrededor. Eubanks. Qué decir que no se haya dicho de ese goleador tremendo. McCray, tal vez el que menos lucía pero de los de aporte más parejo. Y el Colorado Wolkowyski, que llegó a Olavarría con bastantes dudas por alguna mala experiencia anterior en otro club. Pero no dudas de él ("vengo a ser campeón", dijo el primer día), sino del ambiente sobre su figura. Tanto las despejó que desde Estudiantes se fue derecho a los Seattle SuperSonics en la NBA.

Con el correr de los años me topé varias veces con imágenes de la noche del 25 de mayo, pero nunca quise mirarlas en detalle, ni repasar el video. Seguramente las cosas no serán como en mi memoria y prefiero conservar esa consagración como la viví mientras pasaba, en mi asiento detrás del banco de suplente de Atenas, donde nos habían ubicado a los periodistas de medios gráficos y a algunos entrenadores salientes de la época, a los que habían invitado para aquella batalla final.

Mirando un poco la cancha, otro poco a mis amigos que estaban en las plateas de enfrente y otro tanto a las tribunas del Maxi como pocas veces había visto. Lo había visto así de lleno, o más, en alguna Olimpíada a finales de los 80, pero no con esa carga de adrenalina, ni de tanto ahogo en la garganta, ni de miedo y esperanza al mismo tiempo por estar a un partido de la gloria eterna, o de volvernos a cara con profunda tristeza y escuchando comentarios del tipo 'se sabía, era Atenas, demasiado, por ahí el año que viene...'.

Me acuerdo de muchas cosas, pero prefiero no acordarme de otras. Como la volcada de Osborne que pareció quebrar el partido, que no daba más de parejo. Que silenció por unos segundos al Maxi, que hizo explotar a todo el banco de Atenas que yo tenía adelante y que pareció empezar a terminar con el encanto.

Pero entonces aparecen Baldo y Gianella, incorporándose lentamente desde el banco, a buscar sus minutos y a transformarse en héroes inesperados. Y les torcemos el brazo, y la gente empieza a delirar, y los jugadores lloran, y Trapani llora, y es tanta la felicidad que todo el mundo llora.

Y tengo miedo que si miro el video no haya sido tan así. Que Osborne no la haya volcado y mirado sobrador a la pasada. Que Hernández no haya llamado a Gianella y a Baldo para mandarlos a la cancha. Que Eubanks no haya ido llorando a la línea de libres con el juego ya definido, con todo el mundo enloquecido alrededor. Prefiero que quede así, como está en mi mente. Con esos sueños de los que uno nunca debería despertarse.